Te lo dijeron todas:

Lo leíste en blogs, en revistas literarias culturales de la web, en artículos periodísticos narrativos, en entrevistas a escritoras no tan famosas pero consagradas. Te lo advirtieron algunas de tus mejores compañeras. Lo pensaste a solas, también, en los talleres y grupos de escritura que solías frecuentar. Hace tiempo habita en tus espacios esta idea demoledora, pero cierta:

aprender a escribir se aprende escribiendo

No hay otra. Es duro, hermana, lo sé, pero no hay otra. De todas maneras, permítaseme, no todo es tan gris. De a poco, los laberínticos nudos de la literatura se van desnudando y podés verlos, no solucionarlos, pero están ahí: lo primero que se aprende es a leer. Escribir educa tu lectura. Te das cuenta de que es un proceso complicado. Que para controlarlo se debe ser muy diestra en el arte. Entonces aprendés a separar la paja del trigo, la buena literatura de la desechable. Y leés, mucho más. Porque una vez que aprendés a leer podés entender cómo las demás se deshicieron de los nudos. Sí, de esas mismas afrentas que tenés vos a la hora de escribir. Entonces mejora también tu escribir.

Esa retroalimentación entre la palabra dada y la palabra absorbida es fundamental y delicadamente necesaria. Y es que la literatura se nutre a sí misma: en la hoguera es el fuego y es la leña, en el faro es la luz y es la penumbra, en el agua caliente del mate es el calor y es la frescura.

La literatura, para crecer, para avanzar, para mudar, para recordar, para evolucionar, para sanar, para reír o llorar, para amar y para odiar precisa de más literatura. Entonces, ¿podemos decir que se puede aprender a escribir leyendo? Casi. Digamos que sí, pero con una condición: se retroalimenta. La lectura que educa es la lectura comprometida, y la mejor manera de comprometerse con la lectura es escribiendo.

Cuando conozcas los entreveros que conlleva la escritura vas a estar apta –pero sólo entonces– de saber de qué manera lograron sortear dichos entreveros otras autoras más experimentadas. Vas a vislumbrar tres o cuatro maneras diversas de hacerlo y en el mejor de los casos vas a implementar una solución propia. Y si no te sale esto de la originalidad no te acobardés: imitá, copiá, probá. Pero escribí.

Puede que a muchas les resulte llamativo que la primera lección de un taller de escritura sea una remembranza tan básica. Pero ¿es que a hay acaso un consejo mejor? Si querés aprender a escribir no te queda otra que escribir.

Luego leé, luego estudiá, luego indagá… luego.

Ahora no importa qué: escribí.

Y lo último, pero no menos importante:

¡No lo muestres!

Quizás te mueras de ganas de que otras vean la magnífica pieza de literatura que acabás de vomitar, pero no lo hagás. Dejala estacionar. Dicen que a las obras hay que darles aire, pero no es así. Lo escrito está escrito y no va a cambiar ni su sentido ni lo que está escrito por más tiempo que pase. La que va a cambiar, la que va a aprender, la que va a evolucionar vas a ser vos.

Así que guardá, o mejor, tirá, rompé, borrá todo lo que escribas. Ahora es momento de escribir y no de andar mostrando nada a nadie.

En las próximas entregas vamos a ir estudiandoaprendiendoevaluando algunos aspectos de la literatura que también parecen básicos. Vamos a poner en tela de juicio todo lo que sabemos hasta el momento y vamos a aprender juntes. Que acá jamás nadie leyó ni escribió un Manual de Reglas y Conductas Literarias.

Espero que lo disfruten.

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