Capítulo 2

Cuando fundé La Luna y el Gato (fue a mediados de 2016) lo hice con y por buenas razones. En aquél momento yo era dueño de una librería homónima, situada en la pequeña ciudad de Chajarí, al norte de Entre Ríos. Recuerdo que no fue sino gracias a un bibliotecario llamado Mauro Moschini —ahora devenido en escritor— de una suerte de casa o centro cultural de izquierdas, esto es, popular y colectivo, que conocí vía Facebook gracias a un amigo en común de cuyo nombre no me acuerdo. Tampoco recuerdo cuál fue el motivo del contacto, aunque seguramente era algo relacionado a los libros. Desinteresadamente, él me ayudó a presentar los formularios esenciales frente a los organismos encargados de registrar nuevas editoriales. Fue un hito en dos sentidos:

  1. Porque yo estaba cumpliendo un sueño (algo reciente, a decir verdad). Fue así: una tarde miré la película Spotlight (En primera plana), ganadora del Oscar a mejor película en 2016. Me impactó profundamente el rol del editor en el transcurso de la investigación periodística que relata el filme, tal así, que apenas terminó me dije: «Yo quiero ser editor». Eso fue todo. No hubo mayor magia que esa.
  2. Pero fue un hito, además, porque sin darme cuenta estaba fundando la primera editorial de la ciudad de Chajarí; y eso, sin muchas vueltas, es un hito histórico y cultural en cualquier ciudad de este planeta. Una editorial es algo más que un negocio cultural: es la seña viva de que la palabra rige y devora, muta y perpetúa las voces de quienes habitan determinado suelo.

El caso es que, tiempo anterior a todo esto que conté, en la librería comenzaron a llegarme libros de autores locales editados por sellos de auto-publicación. O mejor, como solía decir antes de comprender la diferencia, de auto-edición. Claro, por aquél entonces yo nada sabía acerca de los pormenores del mundillo editorial y para mí decir esto o aquello daba igual. Ahora entiendo que la auto-edición no existe, sencillamente porque desde la definición misma es imposible editarse a uno mismo. Un escritor se puede —y debe— corregir a sí mismo, sí, y hasta puede diseñar un bonito arte de tapa, maquetar hasta donde le dé la sapiencia y mandar a imprimir cuantos ejemplares quiera. Pero un editor es algo más: es el primer y más crudo lector que pueda llegar a tener ese texto. Un editor está allí para ser imparcial, intolerante, sumamente abrasivo. Detrás quedan las lecturas superficiales de amigos o conocidos «buena onda» que leen el texto y te hacen una devolución del tipo más bien amable. Pero una obra no puede seguir siendo la misma obra después de un editor. Me atrevería a decir: una obra no está terminada sino hasta después de un editor.

Párrafo aparte, a menudo se suele confundir la labor del editor con la del tipo que toma tu obra y te la lleva a la imprenta. Pues no. Y sin embargo…

A medida que iban cayendo ejemplares de libros auto-publicados, veía que estas «editoriales» no hacían más que eso. Lo aclaro: era evidente que no se habían tomado la molestia siquiera de leer la obra. Básico: a marzo. Por si fuera poco las ediciones solían ser lisa y llanamente horribles:

  • pésimos diseños de portada,
  • maquetaciones durísimas,
  • errores de todo tipo: sintácticos, ortográficos (ni mencionemos la coherencia o la cohesión),
  • etc…

Ya después de haber recibido 6 o 7 de estos maravillosos ejemplares de la fauna editorial, me dije: «Che, yo a esto lo puedo hacer mejor…». Modestia aparte —la versión breve—: en 2008 comencé a trabajar en un área de la traducción llamada Desktop Publishing, o DTP (por sus siglas en inglés). Es un laburo extraño y poco conocido pero muy amplio, global (literalmente) y peculiar. Se trata de la última etapa del proceso de traducción de documentos, manuales y material de marketing que suelen hacer empresas multinacionales cuando se expanden globalmente. Por esa razón, el área también es conocida como localización. Básicamente es reconstruir el material ya traducido, tratando de sostener lo máximo que se pueda el formato del soporte original. Un lío. El caso es que tras varios años de estar trabajando para diferentes empresas nacionales e internacionales había aprendido a utilizar muy bien diversas herramientas de diseño gráfico. También tuve la suerte de trabajar junto a excelentes diseñadores que con mucha paciencia fueron puliendo todas mis dudas gráficas en un rubro que comenzaba a apasionarme. De aquí que, ocho años después, al encontrarme con semejantes muestras editoriales de mal gusto y pocas ganas, decidí lanzarme a hacer lo mismo…

Bueno, lo mismo, lo que se dice lo mismo… ¡ni a gancho!

Yo sabía, a causa de mi nuevo negocio (la librería), que había al menos dos tipos de editoriales:

  • la que cobran,
  • las que pagan.

No sé si está de más decir que no contaba con los fondos suficientes para andar costeando de mi bolsillo ediciones a mansalva. Pero sí tenía otro tipo de capital: mi conocimiento, basado en:

  1. Mis años de experiencia laboral.
  2. Mis años de experiencia como lector y comprador compulsivo de libros.
  3. El signo bajo el que nací: Virgo, ascendente en Virgo, y por lo tanto, crítico hasta del placer.

Además, por mucho que le duela a algunos fundamentalistas que yo me sé, pagar por ser publicado nunca me pareció ni una ofensa, ni una deshonra. Ya publiqué algo sobre ese tema, cuando aún ofrecía Servicios Editoriales. Lo que sí me parece indignante, es que se cobre una cifra desorbitante a cambio de la nada misma. Dicho en otras palabras: el problema no es pagar, el problema es qué es lo que estás pagando… Muchos escritores desesperados terminan pagando pequeñas fortunas a una empresa que lo único que hace es imprimir el libro; ¡y muchas veces ni siquiera lo imprimen ellas, sino que lo tercerizan! Son negociados horrendos que no sirven más que como mediadiores entre los autores y la imprenta… y se hacen llamar «editoriales». ¡Patrañas! Repito (tras mi descargo): no está mal pagar, pero si lo hacés, procurá que la editorial realmente le brinde un valor a tu obra. Un editor, al igual que un médico o una tarotista, es digno de su salario. Al fin de cuentas, es uno quien acude procurando sus servicios. Pero… ¿qué clase de opiniones tenemos acerca de los médicos que solo recetan, sin estudiar ni al paciente ni a la enfermedad? ¿Qué suspicacias nos despiertan las tarotistas que, lejos de devolvernos al camino espiritual interno, nos hablan de hechizos y futuros adivinatorios? Así, aquellas editoriales no son más que una farsa.

La Luna y el Gato: inicios de una Editorial Indie

De aquellos pensamientos hasta ahora, me dediqué a publicar más de una veintena de libros de autores de diferentes partes del país. Con cada uno de ellos procuré hacer que sus inversiones económicas valieran la pena. No solo trataba de brindarles el mejor diseño de interiores y cubiertas que pudiera fantasear, además corregía sus obras, se las discutía, las volvía a leer y así, hasta que ambos quedáramos satisfechos con el resultado final. Y les cobraba… por supuesto. Sin embargo, hay novelas que hubieran tenido otro final —quiero creer que no tan bueno— de no haber pasado por mí. Hay poemas levemente mejorados. Hay círculos de la trama que antes no cerraban y ahora sí. Y hay, por sobretodo, autores agradecidos de haber invertido en La Luna y el Gato.

Pero no fue todo color de rosas: yo la pasé mal, muchas veces. Tarde me di cuenta del estrés que la editorial me estaba generando. No voy a negar que no tuve ciertos roces con algunos autores. Los últimos trabajos, si bien salieron bien, se demoraron. Fue allí cuando llegué a una conclusión que me dolía en el alma: decidí cerrar la Editorial.

Lo pensé varios días. Lo medité con almohadas mías y ajenas. Y al final, haciendo un balance de lo sucedido, tomé una decisión.

Vuelta de página, que la vida de un editor es corregir y corregir errores

Este año que finaliza cierra también un ciclo maravilloso de publicaciones bancadas por sus propios autores. A partir del 2020 La Luna y el Gato se metamorfosea cual cosa en la crisálida y emerge siendo aquello para lo cual nació: un editorial clásica, tradicional, que busca, banca y edita sus propias selecciones. Abrimos así un panorama lleno de expectativas. Estamos con ganas, con sueños, confiados en el trabajo que venimos haciendo y en el crecimiento paulatino y natural.

Pasaron 3 años desde que fundé esta Editorial y, ahora sí, puedo decir: ¡gracias! Gracias a todes les que estuvieron, siempre.

2020 se viene con nuevos juegos e incluso con más títulos en promedio que los años anteriores. Estamos leyendo todo esto que fuimos y seguiremos editando nuestro camino, que no es otro que el de nuestros escritores y escritoras.

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